CUANDO LOS RÍOS ERAN DIOSES


     HOMERO, representante máximo de la poesía arcaica griega, está en las fuentes mismas -nunca mejor dicho en una revista que, como esta, se ocupa de las aguas- en nuestra cultura occidental.

    Comprender cómo se veían las aguas en la literatura homérica, sea de Ilíada, enla Odisea o en los llamados Himnos Homéricos, puede ayudarnos a entender como las veían nuestros ancestros. Y, acaso, ayudarnos a nosotros a entenderlas de otra manera. Siempre acaba siendo interesante realizar viajes -aunque sean literarios- en el tiempo. En especial cuando estos viajes son tan espectaculares como éste, que nos lleva unos más de 3.000 años atrás.

    Tal aventura, tan sencilla de realizar como es leer cualquiera de las buenas traducciones que hay de estos clásicos, nos ayudará a comprender otras formas de relacionarnos con nuestros ríos, nuestros lagos, y nuestras fuentes. Formas que hemos perdido y de las que -quién sabe- quizás podamos aprender algo, ya que aunque movidos acaso por cierto optimismo, tendemos a pensar demasiadas veces que progresamos a lo largo de la historia, cuando es probable que en muchas ocasiones no sea así.

    En el contexto actual en el que la cultura del agua parece haber sido aniquilada en buena medida y sustituida mayoritariamente por una visión mercantilista o materialista, es probable que beber en las fuentes puras de nuestra cultura pueda aportarnos algo de agua fresca, no contaminada que sirva para -sin dejar de darnos cuenta de que en el mundo actual no es el de entonces- purificar nuestra visión de las cosas.

     Era aquel un mundo vivo, lleno de espíritu, en el que las nubes no eran fruto de la física obra de la condensación del vapor de agua, sino de Zeus, Padre de los Dioses, que las amontonaba en el cielo, en el que los rayos no se debían a causas científicas, sino a la acción de ese Dios, responsable también de las lluvias. Un mundo en el que las aguas estaban plagadas de náyades y otros espíritus, y en el que los ríos mismos eran dioses con voluntad propia.

     EN LA ODISEA, los hombres protagonistas de estos textos, suelen aludir a las aguas, o a los ríos en concreto, con gran sensibilidad y veneración.

     Así, por ejemplo, cuando se alude al "río Egipto" (que así se llamaba el Nilo), se nos dice que es un curso fluvial "de hermosa corriente que las aguas celestiales alimentan", en el que el rey Menelao hubo de detenerse a realizar cumplidos sacrificios a fin de que los dioses le dejasen proseguir su viaje por mar para volver a su patria. A este monarca griego le había dicho que tributase tales honores al río un tal Proteo, personaje que es capaz de metamorfeasen las más variadas criaturas, entre ellas el agua.

   Cuando se nos describen los paisajes sugerentes, mágicos y bellos, no suele faltar en ellas la presencia del agua, como por ejemplo en la descripción que se nos hace del maravilloso paisaje selvático que circunda la entrada a la cueva de la ninfa Calipso, en la que Ulises se hallaba retenido. En ese lugar, se nos dice, "manaban cuatro fuentes, muy cerca una de otra, dejando correr en varias direcciones sus aguas cristalinas".

      Lejos de aparecer como algo meramente de fondo, en los textos antiguos el paisaje cobra un protagonismo considerable.

       Los propios dioses, aparecen venerando las aguas, reales o míticas, como las aguas infernales de la laguna de Estigia, por las cuales se juraba. Cuando la ninfa Calipso, cuando prometió a Ulises que le dejaría ir sin ocasionarle daño, para que le creyese dijo: "Sépalo ahora la tierra, y desde arriba el anchoroso cielo y el agua corriente de la Estix (que es el juramento mayor y más terrible para los bienaventurados dioses)".

        Ulises se marcharía de allí y Poseidón, el dios del mar, desencadenó una tempestad que daría al traste con su embarcación. Tras el naufragio llegaría al país de los feacios. Cuando se hallaba nadando hacia la costa intentó acercarse a la desembocadura de "un río de hermosa corriente". (Casi siempre se alude a la hermosura de los ríos). Pero como su caudal era muy grande y fuerte, sucedió algo que nos chocaría mucho si lo leyéramos en un libro moderno. Y es que Ulises, entonces -ni corto ni perezoso- se puso a hablarle al río como si fuese una persona que pudiera entenderle. Más aún, Ulises suplicó al río como si fuera un dios, pues en la antigüedad los ríos eran dioses.

    Y así fueron sus palabras: "Óyeme, oh soberano, quien quiera que seas!. Vengo a ti, tan deseado, huyendo del mar y de las amenazas de Poseidón. Es digno de respeto aún para los inmortales dioses el hombre que se presenta errabundo, como llego ahora a tu corriente y a tus rodillas, después de pasar muchos trabajos. ¡Oh rey, apiádate de mi, ya que me glorío de ser tu suplicante! Así dijo. Enseguida suspendió el río su corriente, apaciguó las olas, mandó la calma delante de si y salvó a Ulises en la desembocadura". Aquel río obedeció al héroe griego y lo salvo de morir. Y es que, queridos amigos, en aquella época, como ya hemos dicho, los ríos eran dioses, dioses poderosos. Pero a su vez cercanos, con los que se podía hablar.

    Junto a ese río dormía Ulises, y a la mañana siguiente llegaría allí una princesa del lugar, Nausicaa, a lavar sus vestidos en la "bellísima corriente", una vez más "bellísima corriente del  río, donde había unos lavaderos perennes con agua abundante y cristalina". Tras hacerlo, ellas y sus esclavas se bañaron, se ungieron con aceite y se pusieron a comer mientras la ropa se secaba...Acabarían jugando y, Nausicaa, -como si fuera Ártemis entre sus ninfas-, se puso a cantar. Al caerse la pelota al río las esclavas gritaron y despertaron a Ulises. Tras aparecer ante ellas sería lavado en el río, en unos pasajes que quien los describe (HOMERO) nos revela, ante todo, su gran sensibilidad por la naturaleza.

   Nausicaa le indicaría luego a Ulises un camino por el que llegaría a "un hermoso bosque de álamos, consagrado a Atenea, en el cual mana una fuente", diciéndole que aguardase allí mientras ellas iban al palacio en el que luego él sería recibido.

      Y es que entonces los templos, con frecuencia, no eran como hoy, edificios, sino bosques sagrados en los que el agua era algo fundamental cuando no eran las propias fuentes o ríos mismos los protagonistas del culto, como sucede con una fuente en la isla de Itaca, que el texto nos describe como de "claras linfas", rodeada por completo de un "bosque de álamos, que se nutren de la humedad" en el que "vertía el agua, sumamente fresca, desde lo alto de una roca, en su parte superior, se había construido un altar a las ninfas" donde todos los caminantes se unían para darles culto.

    Sería junto a esa fuente que un tal Eumeo pediría a las ninfas de las fuentes, hijas de Zeus, que volviese Ulises a su tierra, y esos espíritus de las aguas tuviesen en cuenta que Ulises, siempre les había honrado.

   Nos dice también la Odisea que las criadas de la hechicera Circe "habían nacido de las fuentes, de los bosques o de los sagrados ríos que corren hacia el mar", por lo que parece que ellas mismas serían espíritus de la naturaleza, como las ninfas.

   Pero también se nos dicen otras cosas, mucho más sugerentes, acerca de lo profundo que podía ser la relación con los espíritus de las aguas.

   Así por ejemplo, cuando Ulises visita a Hades -esto es el reino de los muertos-  se encuentra allí con una mujer, llamada Tiro, hija de Salmoneo. Esta fémina, "se había enamorado de un río, que es el más bello de los que discurren por el orbe, el divinal Enipeo, y frecuentaba los sitios próximos a su hermosa corriente; pero el que ciñe la tierra (Posidón), tomando la figura del Enipeo, se acostó con ella en la desembocadura del vorticoso río", burlando así a la muchacha, que en realidad habría deseado engendrar hijos no del mar, sino de aquel río.

   El que en la espiritualidad antigua cupiesen tal  tipo de concepciones ha de movernos a pensar lo profunda que entonces debía ser la identificación con la naturaleza, que estaba integrada en los más hondo de las creencias religiosas.

   EN LA ILIADA asistiremos a hechos similares; veremos cosas como la utilización del agua lustral, como elemento de purificación, o cómo las aguas reanimaban acaso milagrosamente a guerreros desfallecidos, como cuando rociaron con el agua del río Janto, hijo de Zeus a Héctor para que se recobrase de una tremenda pedrada.

   También vemos la comparación de los guerreros arrasando enemigos, con "torrentes desbordados" -como se hace con otras fuerzas de la naturaleza, tales como vendavales, incendios o fieras salvajes-.

   Hallamos a los griegos reunidos alrededor de un manantial para asistir a un relevante  augurio de Zeus, Pero -y esto es más elocuente, respecto a la ligazón espiritual con la naturaleza- nos encontramos con algo tan sorprendente como que se nos diga que ciertos guerreros eran familia carnal de ríos concretos.

   Así, por ejemplo, hay guerreros descendientes del linaje de ríos como el Alfeo, de "sagrado caudal", al que se rendían veneración, o del río Esperqueo, del que la Iliada nos dice que era padre de uno de los hombres de Aquiles. Otros hombres, como Satnio Enópida, habían nacido de una náyade a orillas del río Satnioente, y el principe Ifition -que luchaba del bando troyano - era también hijo de una náyade y había nacido a orillas del río Hilo.

   El hecho de que se tuviese a los ríos por dioses y que, por ejemplo, se jurase en su nombre a la vez que se hacía por Zeus, por el Sol, por la Tierra u otras divinidades, no implicaba una distancia, sino una proximidad, e incluso una consanguinidad con ellos.

   Los ríos no se codeaban sólo con los otros dioses, como cuando ellos, sus ninfas o las de sus fuentes, junto con las del bosque y prados, acudían a las asambleas divinas del monte Olimpo. Y no se preocupaban sólo de los asuntos de las divinidades, como hiciera el río Simoente haciendo brotar ambrosía, alimento divino, para que paciesen los caballos de la diosa Hera. O como hicieran aquellos ríos que, movidos por Apolo y Posidón arrasaron ciertas construcciones de los griegos, sino que podían tener una relación muy estrecha con los hombres que les tributaban culto.

Así aparece en uno de los llamativos episodios de la Ilíada. Aquél en el que el río que los dioses llamaban Janto y los hombres Escamandro, lucharía contra Aquiles en defensa de los troyanos, que lo honraban con sus rituales y ceremonias. En un momento fascinante de la lectura, vemos cómo el paisaje, en este caso un río, interviene en la contienda de forma activa.

     El relato dice así: "Aquiles, personaje de una soberbia notable, llega matando troyanosw a la orillas del Escamandro (entre ellos, a Asteropeo, nieto del río Axío). El iracundo masacrador exclama que su linaje (pues es hijo de una diosa marina) procede de Zeus y es más poderoso que el de los ríos, incluido el Aqueloo, e incluso el Océano, que para los griegos era otro gran río, del que nacían todos los cursos fluviales. Entonces, el río Escamandro, adoptando forma humana, desde un remolino le dice que deje de matar guerreros en sus aguas. Aquiles no se arredra sino que desafía el río, metiendose en su cauce. Éste bramando como un toro se embravece, echando cadáveres fuera y protegiendo algunos troyanos para salvarles del griego. Después se entabla un singular combate entre Aquiles y el río, del que el primero se salva por la intervención de los dioses como Hefasto, que con su fuego neutraliza al río Escamandro".

     El relato es impresionante para un hombre del siglo XXI cuyo universo de creencias difícilmente le haría concebir que un río pudiera tener voluntad propia y más aún, ser dios. Es muy grande el salto que nuestra imaginación tiene que dar para ponerse en la mente de aquellos griegos arcaicos, intentando ver el mundo vivo y absolutamente espiritual o divinizado que ellos veían.

      Hoy en día, nos es difícil ver los ríos con los ojos de aquel temible Aquiles, que a pesar del incidente narrado, también daba culto a los ríos divinizados. De ahí -también nos cuenta la Ilíada-, cómo en las fuentes de otro río, el Esperqueo, había un altar, y cómo Aquiles y su padre Peleo, habían hecho ofrendas antes de que el héroe fuera a la guerra, a fin de que volviera de ella incólume. Peleo, había hecho el voto de que si su hijo retornaba de la contienda, ofrendar al río la cabellera de Aquiles, además de hacerle generosos sacrificios de reses.

       EN LOS HIMNOS HOMÉRICOS, el dedicado al dios Apolo nos cuenta como este dios andaba buscando un lugar para establecer su oráculo, recorriendo por ello tierras diversas, llegando hasta la sagrada fuente de Telfusa, que le pareció lugar grato para establecer allí "un templo y bosques poblados de árboles"...(entonces parecía impensable la idea de un templo desligado de la naturaleza). Apolo habló con Telfusa, divinidad de la fuente, contándole su intención. Sin embargo ésta, celosa de que si Apolo establecía allí su oráculo pudiera restarle protagonismo a la gran veneración que ella recibía en aquel mismo lugar, engañó a Apolo diciéndole que allí le molestaría el ruidoi de los ganados que bebían en sus "sagradas fuentes" y que era mejor que se fuera a las faldas del monte Parnaso.

    Apolo le hizo caso, estableciendo allí su oráculo, el de Delfos, -donde también había una fuente de "hermoso raudal"- pero se vengaría. Molesto por el engaño, volvería luego y construiría también un altar suyo en un bosque cerca de la fuente de Telfusa.

    Como vemos en estos relatos y en otros más que podríamos citar, para los hombres del mundo antiguo la naturaleza -y dentro de ella los ríos y las aguas en general- no eran vistos como algo carente de alma, sino, que ocupaban un papel central dentro de su particular cosmovisión. Los ríos o las fuentes -como la sagrada Telfusa- competían con el resto de las divinidades en cuanto al culto que debiera dispensárseles.

   Obviamente, los tiempos modernos son otros, pero acaso de la lectura de autores como Homero podamos extraer algo valioso y vigente hoy en día, aunque sólo sea aprender que hubo un tiempo en el que la naturaleza fue el centro de toda visión del mundo. Si hoy nos pudiera parecer un tanto extremo eso de dar culto a las aguas, acaso debiéramos reflexionar por qué no nos lo parece, por ejemplo, dar culto a otras cosas tales como a los coches último modelo, al dinero, al petróleo (que algunos en la edad media llamaron "aqua infernalis"), al poder, etc; cosas que quizás son menos importantes, que las aguas que, no en vano, corren por nuestras venas y son a la vez, la sangre de nuestro planeta.

       Entre aquellas visiones y las nuestras de hoy, acaso pudiera haber, quién sabe, un poético punto medio. Leer a Homero puede servirnos al menos para ver las cosas con otra perspectiva, que acaso pueda un día, sernos útil, para valorar nuestra extrema perspectiva materialista de hoy, en la que no sólo los ríos, sino nada, parece tener alma frente aquel mundo lejano en que todo lo tenía.

 

LA CITA

SIDHARTA EN EL RÍO

...Sidharta escuchaba. Ahora tan sólo permanecía atento, totalmente entregado a esa sensación; completamente vacío, solo dedicado a asimilar, se daba cuenta que acababa de aprender a escuchar. Ya, en otras ocasiones, había oído las voces del río, pero hoy sonaban diferentes. Ya no podía diferenciar las alegres de las tristes, las del niño de las del hombre: todas eran una, el lamento, el anhelo y la risa del sabio, el grito de ira y el suspiro del moribundo. Todo era uno, todo permanecía estrechamente enlazado, y mil veces entremezclado.

Y todo aquello unido era el río, todas las voces, los fines, los anhelos, los sufrimientos, los placeres; el río era la música de la vida. Y cuando Sidharta escuchaba con atención el río, podía oír esa canción de mil voces; y si no escuchaba el dolor ni la risa, si no ataba su alma a una de aquellas voces y no penetraba su yo en ella  ni oía todas las tonalidades, entonces percibía únicamente el total, la unidad".

                Hermann Hesse (en su novela "Sidharta")

 

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