El bosque animado.  Wenceslao Rodriguez Flórez.

 

¡Que descubrimiento maravilloso!

El bosque animado, es, como el mismo autor dice, " el libro de la fraga de Cecebre. San Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia, rugosa, frondosa y amena. Cuando un hombre consigue llevar a la fraga un alma atenta se entera de muchas historias...Entonces se comprende que existe otra alma allí, infinitas almas: que está animado el bosque entero".

En este trozo de texto, reproduzco al pié de la letra la Estancia XV, que lleva por título "Un insecto sobre el agua".

Seguro que si os gustan los temas de ríos, si os gusta la naturaleza y no digamos si sois pescadores, concluireis conmigo que es una auténtica maravilla este texto (ver mi comentario aparte).

El autor Wenceslao Rodríguez Flórez  (1885-1964) fue un  gran novelista y nos dejó muchas obras deliciosas. Esta obra "El bosque animado"  la escribió en 1943

Ver el texto

 

salir.jpg (922 bytes) Saír                                  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El bosque animado

Río Mero, en este río transcurre la historia que el autor describe.

 Fotografía de Carlos Rodríguez.

 

 

ESTANCIA XV

 

UN INSECTO SOBRE EL AGUA.

   ¿Cómo sabe el cuervo tantas historias? Acaso porque es longevo, acaso porque sus fuertes alas le consienten largos viajes... Dicen que en algún tiempo tuvieron sus plumas brillantes colores  y que los fue abandonando al descubrir lo efímero de las vanidades y la puntería de las armas de caza. Por ser sabio siente esa inclinación de los sabios hacia los trajes negros. Los hombre lo encuentran inquietante y enigmático. Él conoce a los hombres mejor que los hombres a él. Y también a los demás seres. Si alguno pudiera comparársele, sería el buho. Pero tampoco. El búho es un filósofo y el cuervo es, más bien, un historiador. Tiene memoria de historiador y recuerda no sólo los grandes sucesos, sino también las pequeñas anécdotas.

   El relato que sigue lo hizo él en un claro de la fraga donde se había posado con varios compañeros para devorar los mal enterrados restos de un recental. El raposo, el lagarto y la urraca estaban oyendo y esparciendo la narración que hoy conocen y repiten todos los habitantes del bosque. Puede sospecharse que en este rodar por tantas lenguas se habrá modificado mucho y acaso haya detalles inventados después; pero lo que importa es la veracidad esencial, y de ella no se debe dudar siendo el narrador un cuervo.

    ¿Quién otro lo podía hacer?. El episodio acaeció en el río y los animales de la fraga ignoran cuanto se relaciona con los  moradores del río. Sólo un enciclopedista, como el cuervo, alcanza a enterarse de algo de lo que ocurre entre el misterio de las aguas; para los demás, el río es el camino que se lleva a sí propio y que no consiente que nadie lo pise y recorra; algo mágico y temible al que se acercan siempre con recelo. Los habitantes del río, a su vez, tampoco consiguen saber gran cosa de sus vecinos de la fraga. Cuando se encuentran juntos, sea en el agua, sea en la tierra, uno de ellos no vive mucho tiempo.

      El río -como un ser humano-tiene rostro y entrañas y sería locura enjuiciar éstas por la apariencia de aquél. El rostro es plácido y bello: una lámina tersa y luminosa que ondula en senos y en meandros; hoy azul, gris mañana; a veces tiene oro en sus arrugas, como el Sil en sus arenas; a veces al orgullo del cielo estrellado responde con la vanidad de su faja líquida tachonada de ilusión de luceros, como un cinturón adornado con brillantes; a veces, también, quiere copiar la luna, pero siempre le resulta un poco temblorosa, surcada de bordes indecisos... Bien de luz y de color, pero mal dibujada.

      Desfilan sus aguas entre una doble guardia de abedules, de álamos, de mimbreras, que en el invierno están firmes como soldados, presentando las armas de sus ramas desnudas, y en el verano tienen un toldo bajo el que pasa el río con sus cuchicheos y su frescor. Entonces sí que nada hay tan hermoso como su corriente en cuanto pueden ver ojos humanos. Tal como los galanes envían un beso a una bella con las puntas de los dedos o tal como las bellas arrojan al galán una flor desde sus ventanas, así las delgadas ramitas terminales de los árboles dejan caer sobre el agua una hoja que desciende desde el verde palio, en la verde penumbra, y gira sobre sí misma y planea y no permite saber ciertamente si es hoja o mariposa hasta que  asienta su levedad en el río. Y el río la lleva ufanemente en su cristal y la guarda en los escondrijos que tiene entre los juncos o la pierde en aquel sobresalto que sufre en la presa del molino, cuando se siente caer y se alborota y alza bracitos de espuma para asirse a algo, y sigue después,  gruñendo, acrecentada su rapidez porque cree dejar atrás un peligro y va asustado todavía.

      En los remansos, cerca de los márgenes, las moscas de río, delgadas y largas, con un patín en cada pie, se impulsan contra la corriente, para no desplazarse. Alguna rama vieja pasa, rumbo al mar, arrastrando burbujas como náufragos con cabecitas de vidrio que se agarrasen a un árbol.

      Éste es el rostro. En las entrañas alberga seres animados por las dos condiciones inherentes a los que en el agua viven, la prolijidad y la avidez: las anguilas de múltiples dientes crueles, la trucha voraz, la sanguijuela que aguarda entre el fango ocasión para sus borracheras de sangre...

      Pero el cuervo no los juzga así o, si los juzga, no lo dice. Sabe únicamente que todos acatan la ley natural, que las alimañas del bosque y la fauna diversa del río operan en círculos tangentes. Y el hombre también, porque allí no le es posible sentir ese endiosamiento que le lleva a creer que puede hacer distinguido un lugar sólo con su presencia; por el contrario, el más renombrado o poderoso, al encontrarse a solas en el campo nota cómo la naturaleza se apodera de él y le convierte en un transitorio y leve detalle del paisaje, como el tejón, como el camelio, como a la avispa o al estornino. El cuervo cree que nada es malo dentro de la ley natural, porque todo es preciso y concatenado  en la lucha por la vida. El insecto que vuela cerca del agua es devorado por la trucha, la trucha perece entre los dedos del rapaz aldeano que entró desnudo en la corriente, y de las piernas de ese rapaz extrae glotonamente unos buches de sangre la sanguijuela.

    Si lo que el cuerpo contó suscitó interés y regocijo y corrió de lengua en lengua, fue porque el hecho que motivó el episodio violaba precisamente la ley natural.

     Fue como va a saberse.

     El señor D´Abondo decidió dedicar a la pesca algunas de sus horas vacías.

     Se pertrechó, bajo el Mero -que así se llama el río- y dedicose a buscar en sus márgenes el lugar más conveniente para  la empresa. Creyó encontrarlo  junto a un grupo de abedules de plateada corteza, que le permitía disimularse y no alarmar a los peces. Sentose, distribuyó sus trebejos, armó la caña, y unos minutos después, sobre el agua oscura, revolaba graciosamente el anzuelo, con esos giros y esos borneos que saben imprimirle los buenos pescadores especializados.

      Una trucha pequeñita lo vio y salió como una flecha a contárselo a las demás. Todas se sintieron contentas.

       Incurrirá en error quien suponga que la trucha ignora los ardides del hombre. La listeza de la trucha es un tópico entre nosotros y muchas veces nos sirve de paradigma, pero sin que sepamos aproximadamente hasta dónde  puede llegar.  Acaso millones y millones de seres humanos se asombren en su egocentrismo, si se les informa que la trucha es un animal deportista. Y, sin embargo, es una verdad más exacta que otras muchas verdades en las que creemos a pies juntillas. En la pesca hay un deportista -el hombre- en la ribera, y otro deportista -la trucha- en el agua. Cada uno de esos seres practica un deporte  que no se parece al del otro; el del hombre con la caña es soso, tranquilo, cachazudo; el de la trucha es apasionante, peligroso, dinámico. Su juego consiste en coger el saltamontes o la mosca sin quedar cruelmente retenida por el sutil garfio del anzuelo. Su goce es infinitamente más grande que el del pescador, porque el riego lo subraya. Pensaréis que parece muy poca cosa un saltamontes para merecer que se arriesgue por él la vida. Para un hombre sí. Pero si vuestra opinión ha de ser tenida en cuenta en este asunto , será preciso que discurráis como una trucha, no como un hombre. Mas aunque no lo hicieseis así, os bastará recordar que en el deporte no se busca una utilidad inmediata y directa. Los hombres mismos, ¿no hallan placer en los saltos con pértiga o con esquí? ¿No juegan su vida marchando a velocidades increíbles sin alcanzar más que una copa de plata -de baja aleación- que para nada sirve? Bien sabe la trucha que puede estar la muerte al extremo de aquel hilo que pende sobre el agua; pero el alpinista no ignora que también puede encontrarla en su ascensión, y el boxeador en el ring, y el carrerista en un recodo, y el caballista y el remero y el aviador y el que cruza a nado un canal o un estrecho...¿Es que se cree que la trucha salta nada más que por comer la mosca?...¿Qué falta le hace a ella una mosca para comer?

       Precisamente hace más de un mes que Esmorís no se detenía con su caña en las orillas del río y que Fuco no entraba desnudo en el agua para apresar con hábil mano las truchas que jugaban con él al escondite entre las piedras. Había crecido en ese tiempo el ansia del difícil y ennoblecedor ejercicio. La bandada se dirigió alegremente hacia el lugar denunciado por su compañera. Iban allí truchas que habían alcanzado muchos premios y truchas que envidiaban su reputación  y se disponían a superarla, y truchas que aspiraban a saltar por primera vez, y truchas que no pensaron nunca en intervenir en el juego, pero que, grandes aficionadas a él, acudían a presencias sus incidencias. Algunas partieron, como leves rayos de sombras en el agua, a avisar a campeones que se hallaban lejos, río abajo, y al pasar difundían la noticia de la fiestas por todo el vientre del río.

      Hasta que allí donde el espejo liquido reflejaba el grupo de abedules, y aún más allá, se reunió una bandada abundante, oculta con cautela en la sombra de las sombrillas, entre las raíces de los árboles  que tocaban el fondo, entre la maraña de hierbas acuáticas que la corriente peinaba o asomando la cabeza entre los pedruscos redondeados del cauce. La emulación, el ardimiento, la curiosidad y el ansia de una muchedumbre de actores y espectadores de una olimpiada encontrábanse allí.

      "¡Bella reunión!", reconoció una anguila, alejándose, porque las anguilas son más apáticas y no les gusta nada saltar.

       Cerca de cuatrocientos ojos redondos elevaron sus miradas hasta más allá de la superficie. ¿Y qué vieron entonces?. Vieron, naturalmente, la caña y el hilo, pero en el extremo de éste, el insecto más original y atractivo que habían contemplado nunca: su esbelto trazo era como de oro y tenía una pelusa verde y roja y azul...¿Leve plumilla o pelos de colores?...No se veía bien porque no se estaba quieto. Fuese lo que fuese, aparecía magnífico, tan arrobador que todas las truchas -las grandes, las pequeña, las gordas, las flacas, las asalmonadas y las vulgadas- abrieron la boca y dejaron salir una burbujita de aire, lo que hacen siempre que quieren exclamar: "¡Oh!".

        Los comentarios se esparcieron; todos convenían en que si aquel insecto maravilloso que volaba sobre el río fuese al paladar lo que a los ojos, no podía haber bocado tan exquisito  en el mundo. Las truchas más viejas declararon  no haber conocido  nunca nada igual.

        Enardecida por la gloria que entrañaba tal presa, una trucha joven dio un brinco mal calculado. Fue la señal. El equipo de deportistas se desparramó para tomar cada una la posición que le pareció más ventajosa.

         Otra   trucha, fina y larga, con esa elegancia de las yolas, avanzó, clavada la mirada en el extraño bicho que evolucionaba apenas a un palmo de la superficie, y en rápido y certero cálculo de la oportunidad, disparó el resorte de su energía, apoyose en el liquido, como en un trampolín y su impulso la elevó y la lanzó al aire, con el cuerpo doblado en una curva graciosa.

        Ondas concéntricas alteraron la trasparencia del agua.

         Los peces esperaban inmóviles. Pero la trucha no volvió entre ellos. Cuando cesó el temblor en la superficie, ya no vieron la caña, ni el insecto, ni el pez. Las ondas se alejaban insensiblemente amplias -grises y blancas- en busca de orillas.

        Una nueva deportista remontose también hacia el cielo contorsionándose. Los compañeros que la miraban desde el seno fluvial recibían la impresión de que se había hecho pájaro y volaba. Y éste era uno de los encantos del juego. Había que saber soportar el tirón, en caso de desgracia, sin descomponerse, sin perder la actitud, y aun con dolor del garfio en las fauces, colear brillantemente, ondeando el húmedo cuerpo, procurándole aspectos y reflejos magníficos bajo el sol. Así ,entre los hombres,  el gladiador que elegía para morir una bella postura.

      El entusiasmo de las truchas no se enfrió con la adversidad y perseveraron en sus intentos.. La fiesta duró hasta poco antes de que el río comenzase a exhalar su blanco aliento de los anocheceres. En la orilla verdosa, el señor D´Abondo, orgulloso de su habilidad, recontó sus víctimas, cubrió el cestillo de  de mimbres con hojas de helechos, desarmó la caña y regresó victoriosamente al pazo.

      Aquella noche no pasó más.

      Pero desde el alba, cuando ya las truchas comienzan a buscar su alimento, no se habló en toda la corriente del río, sino de la Gran Prueba de la víspera y de los espléndidos atractivos del cebo: de aquella mosca extraña que salía incólume de todos los ataques. Muchas truchas se pusieron en marcha desde muy lejos y salvaron las presas de diversos molinos para estar presentes si la fiesta se repetía. La vieja Trut, un ejemplar de kilo y medio, de tan copiosa descendencia que en el Mero y en el Barcés casi todos estaban emparentados con ella, se rió desdeñosamente. Dijo que las truchas de ahora no sabían saltar, que eran incapaces de dar, ya en el aire, ese quiebro que permite llevarse la mosca sin rozar el anzuelo; que el lindo bichejo al que tanto alababan no pasaría de ser una de esa libélulas que no tienen nada que comer, y en fin, que ella , la vieja Trut, no pensaba molestarse en ir hasta los meandros de Cecebre.

     Hacía mucho tiempo que vivía en un solitario lugar cuyas orillas asombraban los mimbres y en cuyas profundidades las piedras, el fango y la vegetación enmarañada le asegura tranquilidad. Su reputación de cazadora expertísima estaba bien ganada. Las cañas de todos los trucheros de la comarca se inclinaron sobre ella sin conseguir nunca llevarla hasta el césped de las orillas. Los pescadores la citaron muchas veces al intercambiar sus historias, atribuyéndole un peso que estaba lejos de tener. "He visto una trucha de cinco kilos"..., decían. Y también: "La tuve casi presa, pero se me escapó". Esto ya era verdad. Trut había sufrido más de cien accidentes al saltar sobre el cebo, aunque siempre lograba -suerte o casualidad- desprenderse. Dos años atrás estuvo enferma de cuidado cuando al juez municipal se le ocurrió pescar con cloruro. Entonces se quedó como sin sentido, asfixiada, y marchó a la deriva, inconsciente, casi a flor de agua, hacia donde esperaban los hombres con los trueles de largo mango. Gracias a que encalló en una mata de juncos y quedó allí, invisible, se pudo salvar, pero tardó largo tiempo en  reponerse.

      Relámpagos de sombra estuvieron cruzando el río toda la mañana y hasta bien entrada la tarde, porque nadie quería faltar a la fiesta y se anhelaba ser testigo o actor de las hazañas memorables que habían, sin duda, de ocurrir. Hasta los diminutos alevines acudían en bandadas, casi transparentes, incapaces aún de proyectar una sobre en el légamo.

     La esperanza general no fue defraudada. El señor D´Abondo, engolosinado con el éxito de la víspera, acudió a las tres y diez minutos a parapetarse tras del grupo de abedules, y muy poco después el insecto maravilloso, pendiente del hilo de la caña, iniciaba atrayentes evoluciones sobre la superficie. Hubo unos minutos de expectación.

    En seguida se reanudaron las pruebas.

    ¡Triste fecha en los anales del río!. Un campeón de más de una libra, perteneciente al equipo de la ribera de San Julián de Bribes, fue arrebatado para no volver nunca más a las verdosas aguas ensombrecidas. Otro afamado saltarín -seiscientos veinte gramos- del equipo de Orto corrió igual lacrimógena suerte. Media docena de truchas jóvenes viéronse también en la abrasadora atmósfera, en el fondo del cesto, en esa agonía que para los peces es como una borrachera de oxígeno.

    La melancolía nublaba ya el placer del deporte. Los jugadores iban y venían, antes de decidirse a saltar, secretamente preocupados por las dificultades de la empresa, y el tropel acuático sentía el pesar de haber perdido tantos héroes. Las aguas les parecían más frías y más oscuro el cielo que veían a su través. Se abrió una pausa de inacción. el insecto prodigioso agitábase, ora rozando la corriente, otra elevándose, en amplias curvas, en giros desafiadores, como en reto a los dientes menudos y a los cuerpos elásticos de los que le acechaban.

     Y he aquí que hubo un remolino silencioso en el vientre de las aguas. Algo acercábase impetuosamente, pero antes de que fuese visto llegó el rumor de la muchedumbre: "¡Ahí viene! ¡Aquí está!"...Y la vieja Trut rauda, impresionante, apareció, río abajo, con tal aspecto que las bandadas se apretaron contra las orillas para dejar libre a su nado toda la extensión del cauce.

     Pasó, mirando a lo alto, sin que pareciese reparar en sus compañeras. Sus agallas se dilataban, su cuerpo iba recto y poderoso, como un navío de guerra: en la boca cruel había fugitivos estremecimientos.

     Volvió a subir y volvió a bajar. Y de pronto, el resorte poderoso de su músculos la lanzó sobre la superficie. Cuando se remontó, el río pareció quedarse vacío. Nadie se movió. Fue un instante único, que no se puede comparar ni a aquel otro en que la gorda Flot, con sus cuatro kilos alrededor de la espina, se debatió largamente contra sus aprehensores -dos años atrás- en una lucha en la que hubo más truculencia que deporte. Ahora toda la población fluvial estaba pendiente del empeño de su veterana...Hubo en el aire un debatimiento angustioso... Trut volvió a caer, abriendo las aguas con estrépito, en grandes círculos. Cayó torpemente, como pudo, de costado y haciendo: ¡plaff!. Las imágenes de los árboles temblaron en el espejo líquido, como si una risa silenciosa los sacudiese. Trut corrió a ocultarse entre las piedras. Iba enloquecida. Sangraba por su boca desgarrada y tenía un gesto de espanto y de dolor.

      Las bandadas se sobrecogieron. El fango se elevó en una nubecilla de bistre que fue luego posándose lentamente, y entonces Trut abandono su escondite y remontó el caudal.

      Corrieron tras ella.

      -¿Qué ha sido? ¿Que ha sido?

Respondió con dificultad. Le faltaban seis dientes.

-¡Al diablo con el bicho ese!...¡Es de alambre!

Llegaron más truchas:

-¿Qué pasa?

-¡Es una mosca de alambre!

-¿Toda de alambre?

-Sí, toda de alambre. Trut lo ha dicho.

-¡Oh, nunca había ocurrido nada igual!...Las truchas del Mero  no se parecen a las de los ríos que prefieren los pescadores turistas, acostumbrados a trucos, y artefactos, y a modas, y a técnicas y a novedades. Ellas no son más que truchas aldeanas que no conocen sino la buena fe propia y la buena fe del truchero Esmorís, que las busca para venderlas en la ciudad y utiliza los medios clásicos, según le enseñó su padre, y a su padre, su abuelo. Aman, sobre todo, lo que se llama el "juego limpio", y se creen con derecho  a exigirlo, sin duda con razón, porque, como ellas dicen, para algo arriesgan la vida. Si ellas se exponen a ser comidas, es natural que en el anzuelo haya algo de puedan devorar a su vez.

   Hasta que D´Abondo adquirió en La Coruña una cajita que contenía las bellas moscas de alambre,  nunca nada igual había sustituido a los insectos naturales  en los anzuelos de los pescadores del río Mero.  Ahora se podrá comprender la impresión causada por esta trasgresión de lo que, más que una norma, parecía un pacto al que los siglos había dado tradición y firmeza.

     Por todo el Mero navegó la noticia y levantó onda de escándalo. Hasta las anguilas desaprobaron el feo ardid. Después de oir a Trut, sus acompañantes se irritaron. ¿Era correcto aquello? ¿Venir a engañas así a la gente...! Algunas truchas regresaron al lugar sobre el que aún revolaba el insecto brillante.

-¡No salteis! -Avisaron a sus camaradas -¡Es una estafa indigna!.

Y se retiraron todos los equipos.

      El señor D´ Abondo dio por terminado la sesión. El botín resultaba aún más abundante y suculento que el de la víspera. Rebosaba el cestillo de mimbres. En el pazo atormentó a parientes y a criados narrando detalles de su pesca. Naturalmente, volvió al nuevo día.

      Pero entonces ni el más insignificante de los peces saltó hacia su anzuelo. Las truchas, reunidas, pasaron por allí,  en manifestación de protesta, sin que ninguna de ellas dirigiese siquiera una mirada al falso insecto que trazaba los más elegantes giros a unos milímetros de la parda superficie. D´Abondo no las vio, porque el espejo del agua se lo impedía. Fue un desfile mudo e impotente. Trut, con la boca hinchada, iba, hosca y terrible, a la cabeza.

     Herido en su amor propio, extrañado por el brusco cambio de la suerte. D´Abondo  insistió. Volvió por las mañanas y por las tardes. Pero ya nunca logró pescar...

      Una vez en que, por desesperación  o por descuido, dejó hundirse en el río su mosca de alambre, el anzuelo quedó preso en las hierbas acuáticas y él estuvo mucho tiempo dando tirones para rescatarlo. Entonces acudieron muchas truchas a completar de cerca la bella ficción de insecto, y en esto se entretenían cuando Trut avisada llegó.

      Los que la conocían pudieron adivinar desde el primer instante que había concebido un plan. Y así era. Fue, vino, rebuscó un momento en el fango, dio órdenes y, obedeciéndolas,  mientras  algunas truchas desprendían  con cuidado el anzuelo, otras traían  y enganchaban en él una vacía lata de sardinas que desde hacía  tiempo se oxidaba en aquel lugar, en el fondo del río. D´Abondo tiró y el viejo despojo, goteando agua turbia, se remontó con el anzuelo.

   -¡A moscas de acero, peces de hojalata! -murmuró Trut cuando la burlesca presa desapareció , extraída por la caña.

     Y todas las truchas se rieron con su risa inaudible.

     "¡Chaff!" , hizo de pronto algo. Y se escaparon. Pero no era más que la caja vacía que el hidalgo volvía a arrojar al agua. Balanceose, navegó un poco y luego se hundió con su metálico reflejo amarillo.

Río Mero a su paso por el Concello de Tambre. Desconozco el autor de la fotografía.

Volver.                                           

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentario al texto de Wenceslao Fdez. Flores.

       

Ya está dicho en otro lugar: sorprendente, maravilloso, único. Toda una joya, máximo si tenemos en cuenta que está escrito en 1943, no en nuestros días.

La descripción del río es la mejor que llevo leído en mi vida, pienso que insuperable; por otra parte demuestra un conocimiento del río y de su entorno poco habitual en grandes escritores que escriben sobre este tema en particular.

En cuanto al comportamiento de los seres del río, en particular las truchas requiere muchos conocimientos, el bueno de Wenceslao si no era pescador, cosa que habría que investigar,  seguro que estaba a punto de serlo. Sus conocimientos de como tratan las truchas un cebo determinado, de la jerarquía que existe entre ellas es inusual, incluso entre los pescadores, que algunos no saben más que cuatro cosas...

Lo de los cebos y su tratamiento es otra clase magistral. Desde la pesca a mano, el cloruro, los cebos naturales y los cebos artificiales todo está tratado en este trocito de su extraordinario libro "El bosque animado". Lo más sorprendente e increible es que en 1943 la vieja trucha Trut describe perfectamente una cucharilla, un cebo artificial hecho de alambre y que muchos pescadores empezaron a trabajarla, para la pesca de la trucha, bien entrados los sesenta. Ojo que esta Trut ve las cosas en el río en 1943...

Magistral, con un sentido humorístico maravilloso...de sacarse el sombrero.

Sobre lo que opinan las truchas sobre los tipos de cebo, etc. no voy opinar; quien habla es la vieja Trut y desde su punto de vista es evidente lo que dice...

El texto me gusta muchísimo y lo recomiendo a todo el mundo...

 

Gracias Wenceslao, en nombre de los ríos de Galicia. (Secundino Lorenzo)

--0--

Wenceslao Fernández Flores

Nació el 11 de febrero de 1879 en La Coruña. Periodista, novelista y humorista. Coetáneo de Ramón Pérez de Ayala, Gabriel Miró, Juan Ramón Jiménez, José Ortega y Gasset y César González Ruano, Fernández Flórez pertenecía a la pequeña burguesía coruñesa, de la que nunca se alejó, aunque renegara de ella. 

A la temprana edad de 21 años, se convierte en director del semanario La Defensa de Betanzos, sus editoriales son incendiarias denuncias contra el caciquismo. 

Tras sus inicios en la prensa local, se trasladó en 1905 a Madrid, donde su nombre empieza a sonar en los ambientes periodísticos, al tiempo que se popularizan sus relatos breves en diversas colecciones de novela corta semanal, muy en boga en la época. Como periodista destacan las Acotaciones de un oyente, comentarios políticos acerca de las sesiones de las Cortes publicados en el diario ABC de 1916 a 1918. 

Se caracterizó desde los comienzos de su carrera literaria por la agudeza y la perspicacia de que daba muestras en sus escritos y, sobre todo, por el tono humorístico y sutil con que los embellecía prestándoles una amenidad y un gracejo que pocos escritores de su época sabían emplear. 

Su obra narrativa comprende títulos como La procesión de los días (1914); Volvoreta (1917), una descripción de las costumbres provincianas; Las gafas del diablo (1918); Ha entrado un ladrón (1922);El secreto de Barba Azul (1923); Las siete columnas  (1926), en la que los siete pecados capitales aparecen irónicamente como los pilares de la sociedad moderna; Relato inmoral (1927); Fantasmas y Los que no fuimos a la guerra (1930); El malvado Carabel (1931); Aventuras del caballero Rogelio de Amaral (1933); Una isla en el mar Rojo (1939), sobre la Guerra Civil española; El bosque animado(1943), llevada al cine en 1987 por José Luis Cuerda. 

En plena dictadura franquista  ganó la batalla, desde el sillón S que ocupaba en la Real Academia Española, para que el gallego dejase de ser dialecto y pasase a tener categoría de lengua.

Wenceslao Fernández Flórez falleció el 29 de abril de 1964 en Madrid. 


Obras 

La tristeza de la paz (1910)
La procesión de los días (1914)
Luz de luna (1915)
Acotaciones de un oyente (1916)
Volvoreta (1917)
Las gafas del diablo (1918)
Ha entrado un ladrón (1922)
Tragedias de la vida vulgar (1922)
El secreto de Barba Azul (1923)
Visiones de neurastenia (1924)
Unos pasos de mujer (1924)
Las siete columnas (1926)
Relato inmoral (1927) El hombre que se quiso matar (1929)
Fantasmas artificiales (1930)
Los que no fuimos a la guerra (1930)
El malvado Carabel (1931)
El hombre que compró un automóvil (1932)
Aventuras del caballero Rogelio de Amaral (1933)
Una isla en el Mar Rojo (1938)
La novela número 13 (1941)
El bosque animado (1943)
El toro, el torero y el gato (1946)
El sistema Pelegrín (1949)
Fuegos artificiales (1954)
De portería en portería (1957)

Volver.